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Mostrando entradas de 2009

¿Será ayer?

¿Me recompensará la Fortuna con tu compañía hoy; cuando el día muera, cuando las garzas abandonen sus paseos por la ciudad y cuando con estrellas aquel envidioso nos confunda? Ahora que el reflejo de la ventana me engaña dibujando movimiento en esta vacía estancia; el recuerdo de mi soledad se burla, pintando en esas ánimas de luz tu rostro; convirtiéndome en obligado espectador de una película que nunca acaba. Encerrado en un sillón, y atado a una pluma, busco tu reflejo en un papel blanco como lo fuere tu piel, no haciendo sino garabatos que lo manchan de la misma manera que el tiempo a tu retrato. La vida que me busqué no hace más que contarme la melodía que me tortura sabiendo que te veré y no te tendré.

Carta V

Háblame y regálame tus palabras. Hazlo y dale un respiro a mi corazón y a mi cuerpo. Hazlo y no robes más el descanso de mi mente. Hazlo… o regálame otro beso y muéstrame una vida sabiendo que un beso que nació de tu boca nació para morir en la mía. Entonces sólo cerrare los ojos y soñaré. Soñaré que soñaba, que eres un sueño y que aquella noche no existió sino en mí. Y volvería (y volveré) a soñar cada noche que tu cálida mano me ofrezcas.

Carta IV

Y cierto es que tras aquella larga noche me acostumbré a mirar más allá de la estrellas. Unos ojos hechos a la oscuridad más allá de los diamantes. Y cierto veo que tras este amanecer mis ojos no son capaces de ver más allá de ti. Si superé la inmediatez de una sonrisa, si traspasé las pieles y las máscaras. ¿Por qué te veo cuando duermo y cuando no estás? ¿Por qué me brindas esa mirada?

Carta III

Pero no me mires, no a este rostro perdido que no merece su reflejo en tus ojos, porque son éstos el soñado paraíso donde tu belleza nace. Y así, con incontenible indiferencia bañan tu rostro de la misma esencia de hermosura; y que en tu cuerpo derraman inevitables encantos que resquebrajan la solidez de la tierra misma, cuánto más la fragilidad de un hombre roto, que nunca dejó de ser niño por temor a abrir los ojos y deslumbrarse con un sol que hoy amanece en tu rostro.

Carta II

Y aquí solo, quizás parezca abatido, abandonado al desconsuelo… Y son mis pensamientos que me torturan, mis sentimientos que me queman, la poca cordura que me queda. Así que háblame, que son música tus palabras y milagros son tus caricias.

Carta I

Quizás me arrepienta de decir lo que digo, de pensar lo que pienso y de sentir lo que siento. Pero inspiras en mí más que unas tontas palabras; y más que el latir de mi corazón. Y sí, ciertamente siento decir lo que pienso, pero la verdad sólo tiene un hogar, y éste está en tus oídos.

Ellas, siempre ellas

Es curioso, porque ahora parece como sí mis Melancolía y Añoranza hubieran sido aplastadas por la tristeza madre, por esa que un día me acompañó, cuando la primavera aún lucía, y que ahora, ya madura, me golpea sin descanso. Acaso cambió de víctima, cambió la tumba a quien llorarle o acaso acude quien más reciente se presenta y más dura se antoja. No sé. Miro a esa tumba frente a la que mi tristeza llora y no veo más que un espejo. Y no me mires Tristeza. No me mires a la cara, porque miedo tengo de mirarte y a enfrentarte no me atrevo; porque no atino a adivinar los estragos de tal enfrentamiento. No quiero pasar de largo. No quiero que esto termine. Quisiera volver a verla. Pero el tiempo no perdona.

De vuelta

De vuelta a la vida, miro y me sobra mucho. Encuentro desorden y montones de harapos que ya no son lo mismo. Fue una semana o dos de vida más vivida, y debe hacer como un año que te tengo, porque me acostumbro a ti como al aire, que si por un instante te tuve cerca, ahora me matan estos centímetros. Se lamenta mi cama; la mitad de mi cama, la que ahora me parece más grande que nunca, más vacía y más fría. Y me lamento yo.