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Carta III

Pero no me mires, no a este rostro perdido que no merece su reflejo en tus ojos, porque son éstos el soñado paraíso donde tu belleza nace. Y así, con incontenible indiferencia bañan tu rostro de la misma esencia de hermosura; y que en tu cuerpo derraman inevitables encantos que resquebrajan la solidez de la tierra misma, cuánto más la fragilidad de un hombre roto, que nunca dejó de ser niño por temor a abrir los ojos y deslumbrarse con un sol que hoy amanece en tu rostro.

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Carta IV

Y cierto es que tras aquella larga noche me acostumbré a mirar más allá de la estrellas. Unos ojos hechos a la oscuridad más allá de los diamantes. Y cierto veo que tras este amanecer mis ojos no son capaces de ver más allá de ti. Si superé la inmediatez de una sonrisa, si traspasé las pieles y las máscaras. ¿Por qué te veo cuando duermo y cuando no estás? ¿Por qué me brindas esa mirada?

¿Será ayer?

¿Me recompensará la Fortuna con tu compañía hoy; cuando el día muera, cuando las garzas abandonen sus paseos por la ciudad y cuando con estrellas aquel envidioso nos confunda? Ahora que el reflejo de la ventana me engaña dibujando movimiento en esta vacía estancia; el recuerdo de mi soledad se burla, pintando en esas ánimas de luz tu rostro; convirtiéndome en obligado espectador de una película que nunca acaba. Encerrado en un sillón, y atado a una pluma, busco tu reflejo en un papel blanco como lo fuere tu piel, no haciendo sino garabatos que lo manchan de la misma manera que el tiempo a tu retrato. La vida que me busqué no hace más que contarme la melodía que me tortura sabiendo que te veré y no te tendré.

Carta II

Y aquí solo, quizás parezca abatido, abandonado al desconsuelo… Y son mis pensamientos que me torturan, mis sentimientos que me queman, la poca cordura que me queda. Así que háblame, que son música tus palabras y milagros son tus caricias.