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Carta III

Pero no me mires, no a este rostro perdido que no merece su reflejo en tus ojos, porque son éstos el soñado paraíso donde tu belleza nace. Y así, con incontenible indiferencia bañan tu rostro de la misma esencia de hermosura; y que en tu cuerpo derraman inevitables encantos que resquebrajan la solidez de la tierra misma, cuánto más la fragilidad de un hombre roto, que nunca dejó de ser niño por temor a abrir los ojos y deslumbrarse con un sol que hoy amanece en tu rostro.

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Ensayos (o repuestas largas)

Partiendo de que decir es fácil, decir es gratis y decir es, potencialmente, mentir, ¿cómo podría decirte que no ha nacido momento alguno en esta era que te aparte de mi pensar? Diría quizás que si mi vida tuviera un color, sería el color con tu nombre. Que si alcanzara ese color, sería del cual pintara mi sonrisa, mi estar, mi soñar y mi divagar. Pues si lo importante nunca ha sido el cuánto, ¡en tu caso hay tanto!

Ellas, siempre ellas

Es curioso, porque ahora parece como sí mis Melancolía y Añoranza hubieran sido aplastadas por la tristeza madre, por esa que un día me acompañó, cuando la primavera aún lucía, y que ahora, ya madura, me golpea sin descanso. Acaso cambió de víctima, cambió la tumba a quien llorarle o acaso acude quien más reciente se presenta y más dura se antoja. No sé. Miro a esa tumba frente a la que mi tristeza llora y no veo más que un espejo. Y no me mires Tristeza. No me mires a la cara, porque miedo tengo de mirarte y a enfrentarte no me atrevo; porque no atino a adivinar los estragos de tal enfrentamiento. No quiero pasar de largo. No quiero que esto termine. Quisiera volver a verla. Pero el tiempo no perdona.

Detenido

Pon el corazón donde pueda verlo, porque hoy es con quien quiero hablar. Sus palabras serán hoy las que me adulen o me castiguen, o me complazcan o me rechacen. Que diga no a las costumbres y a los miedos, porque el amor los desconoce; y que se purgue de impurezas de dejadez. Sólo espero un torrente, un impulso, una reacción y un latido. Y uno tras otro. Porque sí que late. Porque sé que puede. Hoy descanso sobre tu recuerdo como ayer lo hice sobre tu compañía. Pero sigue siendo tu aroma el que me arranca de lo mundano. Hoy ya no siento distancia, ni perdición; no siento que te vas. Sólo siento que te vayas, que lo hagas tantas veces. Que siempre voy contigo, y cuando no estás, no estoy ni yo mismo. Que tiemblan los labios, porque recuerdan a los tuyos, porque el aire al tacto los quema, porque sólo beben de tu roce. (Cómo añoro besarte. Desde que no te beso sólo quiero besarte, o quiero que me beses) Sólo espero un torrente, un impulso, una reacción y un beso. Y uno tras otro. Porque ...