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Detenido

Pon el corazón donde pueda verlo, porque hoy es con quien quiero hablar. Sus palabras serán hoy las que me adulen o me castiguen, o me complazcan o me rechacen. Que diga no a las costumbres y a los miedos, porque el amor los desconoce; y que se purgue de impurezas de dejadez.

Sólo espero un torrente, un impulso, una reacción y un latido. Y uno tras otro. Porque sí que late. Porque sé que puede.

Hoy descanso sobre tu recuerdo como ayer lo hice sobre tu compañía. Pero sigue siendo tu aroma el que me arranca de lo mundano. Hoy ya no siento distancia, ni perdición; no siento que te vas. Sólo siento que te vayas, que lo hagas tantas veces. Que siempre voy contigo, y cuando no estás, no estoy ni yo mismo. Que tiemblan los labios, porque recuerdan a los tuyos, porque el aire al tacto los quema, porque sólo beben de tu roce.

(Cómo añoro besarte. Desde que no te beso sólo quiero besarte, o quiero que me beses)

Sólo espero un torrente, un impulso, una reacción y un beso. Y uno tras otro. Porque sé que besas. Porque sé que puedes.

Hoy, realmente, no descanso. Pero ya lo haremos. Descansaremos juntos. Y esto será un cuento de princesas sin villanos; de príncipes encantados. De principios tormentosos y finales esperados.

Sólo quiéreme, porque me quieres.

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Carta IV

Y cierto es que tras aquella larga noche me acostumbré a mirar más allá de la estrellas. Unos ojos hechos a la oscuridad más allá de los diamantes. Y cierto veo que tras este amanecer mis ojos no son capaces de ver más allá de ti. Si superé la inmediatez de una sonrisa, si traspasé las pieles y las máscaras. ¿Por qué te veo cuando duermo y cuando no estás? ¿Por qué me brindas esa mirada?

¿Será ayer?

¿Me recompensará la Fortuna con tu compañía hoy; cuando el día muera, cuando las garzas abandonen sus paseos por la ciudad y cuando con estrellas aquel envidioso nos confunda? Ahora que el reflejo de la ventana me engaña dibujando movimiento en esta vacía estancia; el recuerdo de mi soledad se burla, pintando en esas ánimas de luz tu rostro; convirtiéndome en obligado espectador de una película que nunca acaba. Encerrado en un sillón, y atado a una pluma, busco tu reflejo en un papel blanco como lo fuere tu piel, no haciendo sino garabatos que lo manchan de la misma manera que el tiempo a tu retrato. La vida que me busqué no hace más que contarme la melodía que me tortura sabiendo que te veré y no te tendré.

Carta II

Y aquí solo, quizás parezca abatido, abandonado al desconsuelo… Y son mis pensamientos que me torturan, mis sentimientos que me queman, la poca cordura que me queda. Así que háblame, que son música tus palabras y milagros son tus caricias.